viernes, 25 de septiembre de 2015

PAMPAHORROROSO (Una ruta por los abismos de la canal de Moeño en Picos de Europa)


Aprovechando un nuevo fin de semana de buen tiempo, y no sin algo de curiosidad por saber lo que nos encontraríamos (desde que oí hablar de esta ruta del Pamparroso siempre la había imaginado como un monstruo de siete cabezas), marchamos el Chesi, el Quique y un servidor el viernes 19 de Septiembre  hacia Cordiñanes, parando como suele ser habitual en Velilla del Rio Carrión y en Boca de Huérgano, donde habíamos quedado con el recio Ignacio, uno de los cuñaos, el cual tiene la suerte de estar afincado en León. Esta vez los cabrereños se me habían rajado.

 
 
 
 


Pese a que el sentido común mandaba meterse pronto en cama, demoramos algo el recogimiento, pues ya se sabe que los encuentros de amigos montañeros propician los brindis y los orujos. El Hostal del Tombo es una maravilla al comprender este detalle, pues ninguna objeción pusieron a ello ni en la cena ni en los "postres".

 
 
 
 
 


El sábado 20, tras desayunar con poco hambre, aparcamos el coche en el aparcamiento de la fuente, que señala el inicio del a ruta, y con paso holgazán remontamos las hermosas hierbas de Arnao. Cuando llevábamos hora y media, llegábamos a los invernales de Moeño, pasto de las ortigas y los zarzales. A partir de ahí, buscamos la LLevinca, haciéndonos un poco de lio hasta encontrar el buen camino, que de bueno sólo tenía el nombre, porque entre la inclinación de la hierba y las planchas mojadas de roca sudamos tinta y de la gorda, rezando para no resbalar. Dos horas más necesitamos desde las majadas para alcanzar la puerta de la Torre de Enmedio, que da acceso a las Traviesas, y cuando llegamos a ella sentimos admiración al mismo tiempo que incredulidad. ¿es por aquí? Pero como para darse la vuelta!

 
 
 
 
 


Las traviesas resultan ser un medio único y excepcional de acercarse a Collado Jermoso desde Caín, si quitamos el camino de las minas del Rabico al  que no creo que vayamos nunca (porque es todavía peor que este), y salvo un paso delicado que encontramos a la mitad, se puede realizar sin problemas con algo de sentido común y de prudencia. El helero Pamparroso (que da nombre a la ruta), lo pasamos por su parte inferior. Este nevero es milenario, pero como todos, va a menos cada año.



 
A Collado Jermoso llegamos pasadas las cinco de la tarde, con un horario final de siete horas: Era tiempo de cervezas. Sobre nuestras cabezas, la Peñalba, donde Quique y yo pasáramos una noche horrible un lejano día de Octubre: La noche nos pilló en media pared.

 


La tarde se pasó enseguida, disfrutando de una rica cena en el refugio y de un mar de nubes que ahora en Septiembre se me antoja más bonito, por la poca fuerza del sol y los colores tan especiales sobre la niebla. Ahí tenéis las fotos para comprobarlo!

 


Chesi y Nacho durmieron en la tienda, y el Quique y yo, que no la habíamos subido, fuimos premiados por el generoso azar, encontrando dos huecos en una de las habitaciones.

El domingo 21 nuestro objetivo era subir al Tiro Tirso, el cual  siempre lo habíamos tenido en mente, la verdad. Pero la dificultad del Tiro Callejo (con puro hielo!) y el avistamiento de la vía normal, con bastante nieve, nos chafó los planes, subiendo a cambio al Llambrión por la chimenea Norte. Veintiún años que no subía aquí de nuevo.

 
 
 
 
 
 


Para bajar el paso del Tiro Callejo nos ayudaron bastante las cuerdas que hay.


De vuelta, y antes del Tiro Callejo, emulé a mi primo Goyo ascendiendo a la Aguja de Tiro Callejo, airosa y desafiante…que miedorrrrr…












 


















De nuevo en el refugio, tomamos la última cerveza, y comenzamos a bajar, por los precipicios del Argayo Congosto. Para bajar a la Vega de Asotín, yo preferí tomar el camino de la Canal Honda, que te ahorra tiempo, mientras ellos fueron a conocer el bonito enclave de Collado Solano.

 
 

En medio del bosque, tomamos el desvío que nos aleja de la Rienda, ya que nuestro deseo era llegar donde dejamos el coche, y así conectamos con Peguera y Corona, tras algún despiste que otro y por sendas y caminos improvisados, una vez que desaparecieron los jitos. Habíamos bajado 2.200 metros de desnivel. No está mal!


Sentadito en el cómodo asiento del coche, mientras pasan por mi vista las últimas paredes y canales que sujetan el Cares, me pregunto cuánto menisco nos quedará para seguir sorprendiéndonos en estas montañas que nos vieron de críos, y que, en mi opinión, no tienen comparación con nada de lo que he conocido hasta ahora.

 El lunes, temprano, las agujetas por poco no me dejan ni salir de la cama...


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